Ver Mapa del Sitio Escritores Sobre La Conga Contáctenos

Home

Eventos

Música Nueva

Clásicos de laConga

Recursos
online

Galeria

Enlaces

Enviar Artículo
 

Contáctenos Archivos


 


 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Proclama salsera

 

Nos encontramos aquí reunidos para pensar entre todos en torno a ese objeto que nos convoca cotidianamente y que constituye una razón de ser para nuestras vidas. Se trata de la música popular afrolatinoamericaribeña, más conocida como salsa, denominación que comprende a los géneros que la precedieron en Cuba, Puerto Rico y la cuenca del Caribe, y que configuran sus raíces socio-culturales (étnicas, rítmicas y simbólicas) más importantes. 

Y estamos aquí, en el llamado Centro Cultural de Cali, que gentilmente nos ha facilitado este espacio, para hablar de la cultura y particularmente de la cultura musical de una ciudad. Bien sabemos que la cultura musical no se agota en un solo género, ni puede reducirse a una única expresión porque ello sería simplemente, ir en contravía de la historia. Admitimos la existencia de otros gustos y otras sensibilidades musicales formadas en el Siglo XX, por el contacto estrecho y sistemático entre la industria cultural(el disco, la radio, el cine, la televisión) con los públicos urbanos. 

Reconocemos la diversidad de ritmos nacionales e internacionales que han estado presentes en nuestra ciudad, para el consumo y la formación de los melómanos. Desde el bambuco y la cumbia hasta el tango y la ranchera, pasando claro está por el bolero, ellos hacen parte de los imaginarios musicales de nuestro continente. Bien sabemos que nuestro país es también rico en aires musicales, de extremo a extremo de la geografía nacional. Desde el joropo y el galerón de los llanos orientales hasta el currulao del litoral Pacífico. Del vallenato guajiro y la cumbia costera a los cantos del Yajé en el Amazonas, el Caquetá y el Putumayo.. Es rico así mismo en regiones, dialectos, comidas, danzas y otras manifestaciones folclóricas. 

Pero nos correspondió, por las encrucijadas de la historia, entrar en esta avalancha modernizadora que fue la revolución cultural de los años 60, donde se integró lo propio con lo diverso, lo regional con lo nacional y lo nacional con lo internacional, para dar vida a una criatura nueva, la salsa, entendida como un nuevo modo de asumir los géneros afro-latino-ameri-caribeños, para fusionarlos entre sí, o con otras expresiones de la música popular de ancestro africano. Esa nueva forma de asumir la música, para cantar, interpretar y recrear viejos y nuevos repertorios, nació asociada a un estilo de vida y a una cultura popular acuñada en el Harlem hispano, el barrio Latino de Nueva York durante las décadas del 50 y 60. Desde allí se irrigó por el Caribe y otros países del continente. Para nuestra fortuna llegó hasta Cali y se quedó para vivir entre nosotros. Por eso estamos aquí para reivindicarla, porque ella ha estado presente como un habitante singular en la formación de nuestra ciudad, y creció con los barrios populares que la acogieron como su hija legítima, a medida que caleños raizales o inmigrantes caleñizados, ocupaban el suelo, levantaban un rancho o abrían una calle construyendo la ciudad sobre el viejo pueblo de 400 años de fundado. 

Cali es una ciudad adolescente; tiene la frescura del despertar primaveral y la fuerza vital de la juventud que conjugan la promesa del futuro. En los últimos  50 años se configuró una nueva ciudad y se transformó el antiguo poblado, como no lo había hecho en cuatro siglos. Y la música popular y sus bailes han estado aquí, de la mano, acompañando ese proceso. 
Pero si bien, todos los géneros, nacionales e internacionales, se encontraron al tiempo en nuestra ciudad, unos más que otros acabarían por quedarse, ya no sólo como habitantes de la ciudad sino como habitantes de la memoria y del cuerpo de por lo menos tres generaciones de caleños. Y esos fueron, fundamentalmente, los ritmos afrocubanos y sus herederos sazonados con salsa.

No importa que no hayan nacido aquí, en rigor, ningún género música se ha producido en Cali, nunca hemos tenido una música autóctona, nacida de nuestras entrañas, como sí podemos reconocerla en otras regiones del país; tal vez, si acaso, lo más primitivo haya sido el bambuco viejo que crearon los negros esclavos y sus descendientes, en la antigua hacienda vallecaucana de los siglos XVII   al  XIX.
Pero si así fue, el bambuco viejo no trascendió a la ciudad del siglo XX. Por las razones que sean, sólo reapareció años después, marginado de la industria, como folclor del Pacífico y en el norte del Cauca, a través del currulao y sus variantes que hoy vemos florecer con beneplácito. 

Los ritmos afrocubanos en cambio, mediatizados por la radio, el disco y el cine, llegaron temprano desde los años 30, atravesaron las décadas siguientes y se quedaron para siempre dando lugar a una tradición popular urbana, a un imaginario musical y a una identidad reconocida dentro y fuera de la ciudad. No importa que no hayan nacido aquí, que hayan venido de Cuba, de Nueva York o Puerto Rico. No pueden rechazarse la Salsa, ni ninguna música porque sea extranjera, o no sea autóctona, como se repite desde cierto discurso culturalista y desde ciertas instituciones denominadas culturales.

Si así fuera no podríamos escuchar a Mozart ni a Beethoven, ni la música popular clásica porque es música extranjera. Pero.. ¿Qué más extranjera que la lengua castellana que hablamos y la religión católica que ha dominado en la nación colombiana? ¿Acaso no eran la lengua y la religión del colonizador? El idioma no lo inventamos aquí, ni la religión católica que nos impusieron fue la religión de los aborígenes precolombinos. Ninguna de las dos es una expresión autóctona? Pero quién podrá negar que el castellano es la lengua de los colombianos? ¿Qué la iglesia Católica no monopolizó la conciencia religiosa de la nación? 
Al comenzar la década de los 80s, muchos se preguntaban: ¿Por qué la Salsa en Cali?
Era esta pregunta una pregunta socialmente elaborada a la que se llegaba individualmente como indicador de un proceso colectivo; y las respuestas se fueron buscando y se fueron produciendo también colectivamente por distintos caminos: En la investigación sociológica y antropológica, en la narración literaria, en la representación audiovisual, en la puesta en escena teatral y dancística de Barrio Ballet, en la documentación fotográfica y televisiva, en la producción musical.. Hoy, 20 años después las preguntas son otras: ¿Se acabó la Salsa en Cali? Y ha surgido la polémica entre quienes la defienden críticamente propugnando por la calidad musical para la creación artística y quienes reniegan de ella radicalmente, ignorando la historia del proceso que la convirtió en signo distintivo para los caleños.

Es necesario admitir que el proceso dio lugar también a un estereotipo, es decir a una imagen fija, reduccionista y simplificadora de la diversidad y la complejidad cultural de esta ciudad. Al comenzar la década de los 80 surgió el estereotipo  creado por la farándula radial y el show business local, y se condensó en el eslogan “Cali capital mundial de la salsa”, una frase que no sólo exageraba la dimensión del fenómeno , sino que ocultaba el carácter fundamentalmente consumista de la salsa en Cali, como un fenómeno cultural que se venía formando desde veinte años atrás, no como un proceso de creación y producción musical, sino como una actividad ligada al consumo y la recepción plausible de esta música, a través de diferentes prácticas individuales y colectivas :  en la audición musical de la radio, en los bailes populares, en las verbenas del barrio, en la feria de Cali, en la proliferación de bailaderos, kioscos, terrazas, griles y discotecas, en el desarrollo del baile como un lenguaje del cuerpo que se expresaba en una variedad de estilos y tendencias ;   en la formación de discómanos expertos, en la compra – venta de un mercado discográfico  y en las colecciónes de discos que salseros y melómanos fueron acumulando progresivamente hasta formar  una discoteca privada  compuesta por miles de “pastas” ( discos de acetato en 33, 45 y 78 rpm) que hoy son un valioso patrimonio sonoro para sus dueños y para la memoria de la música popular en la memoria de la ciudad. 

En términos de producción salsera, estábamos muy lejos de compararnos con los verdaderos epicentros creadores como Cuba, Nueva York y Puerto Rico, o incluso de países como Venezuela, Panamá y Santo domingo, que aunque tenían una producción menor ,estaban por encima de lo que se hacía en Cali y en Colombia. Por eso la frase, como muchos otros “mitos” de la ciudad – Caliwood, por ejemplo – resultaba una exageración y se convertía en un eslogan que la farándula y la radio explotaban  comercialmente, mientras el poder de turno lo explotaba  ideológicamente. El eslogan “Cali capital de la salsa” fomentaba una imagen envolvente, en la que todos estaban metidos en el mismo saco, sin diferencia  alguna, sin conflictos de por medio. Esa imagen unificadora fue invocada tantas veces para diferentes propósitos, que terminó convirtiéndose en una imagen identitaria de la ciudad y sus habitantes, dentro y fuera de ella misma. 

 Y aunque el proceso dio lugar , en la misma década de los 80, al surgimiento de unas cien orquestas salseras en Cali, gracias entre otras cosas a la bonanza y el auge del narcotráfico, su producción musical no siempre fue la mejor. Ni en cantidad ni en calidad, podríamos compararnos con los epicentros citados. El fenómeno seguía siendo fundamentalmente consumista y bailable.
El rechazo al estereotipo de la ciudad creada por los medios masivos y el mercado, no puede confundirse con el rechazo a la historia cultural, así los medios y el mercado hayan sido parte activa del proceso. Esta confusión es la que impide ver en algunos sectores de opinión, incluidos muchos intelectuales, la importancia y el significado que tiene la Salsa en Cali, como un potencial de desarrollo cultural urbano, que sin ser el único, sí puede llegar a recrear musicalmente la experiencia social y la historia reciente de nuestra ciudad, como en parte lo ha venido haciendo en relación con la vida cotidiana de sus habitantes. 

La producción salsera de buena calidad parece haber entrado en una fase de declive. Ha cedido su lugar a los reciclajes de la industria y la imposición definitiva de la Salsa-balada como fórmula útil para producir poca música pero muchas ganancias. La generación de vanguardia que en los 60s revolucionó el ambiente musical en Nueva York y desde allí al mundo entero, es ahora una generación entrada en años que dio todo lo que tenía para dar y hoy está en uso de buen retiro.

Su lugar ha sido ocupado por la mediocridad imperante de la música desechable y el ruido que la industria y el mercado promueven sin cesar entre las nuevas generaciones, con pocas o muy pocas alternativas de verdadera creatividad sonora. De otra parte, la llegada permanente de inmigrantes de otras regiones del país con sus gustos musicales y otras sensibilidades estéticas, constituyen públicos consumidores para una industria voraz que copa todos los espacios; y esto, al lado de la oferta multinacional diversificada que proviene de la globalización del mundo, contribuye a la dispersión y la fragmentación de los gustos, y atentan contra la hegemonía que la Salsa ha tenido en Cali. Estos son algunos de los aspectos involucrados en esa polémica que habrá de desarrollarse críticamente como un debate público entre nosotros, en esta transición del siglo y que deberá afinarse, de parte y parte, con los mejores argumentos para bien de la ciudad y de los ciudadanos, para bien de la música y de los melómanos. 

El siglo XX ha sido el siglo de las transformaciones más radicales, el siglo de la velocidad. Todo cambio velozmente. Hoy ya no se requieren mil años, ni muchos siglos para crear una tradición. Bastan 50 años o tal vez menos, para crear arraigos, identidades y sentido de pertenencia. Son tradiciones emergentes, de corta edad, formadas al calor de los procesos de urbanización de las ciudades, de industrialización de los países y las regiones, de vinculación al mercado y a la economía internacional a lo largo del Siglo XX. A ellas pertenece la tradición salsera de Cali. Una tradición procesada en el crisol de nuestra modernización tardía, pero renovadora. Y es tan real como cultura popular urbana generadora de identidad y sentido de pertenencia, que han sido los salseros el único grupo de melómanos (con la excepción de los raperos) que ha salido a la calle, con su música en hombros, para encontrarse familiarmente con sus amigos y compartir pacíficamente esparcimiento y alegría en el espacio público.

Es el único grupo organizado, entre las distintas especies de melómanos, que se ha tomado las plazas y los parques ocupando el espacio público, para mostrarle a la ciudad y al país que se puede convivir fraternalmente, alrededor de esta música, aún en medio de nuestras diferencias más radicales. No es por acaso, que hayan multiplicado las Asociaciones de Melómanos y Coleccionistas en Cali y se hayan extendido a otros municipios como Palmira, Yumbo, Florida, Buenaventura, Cerrito, Tulúa y Puerto Tejada; no es por casualidad que hayan proliferado las audiciones en muchos barrios populares de Cali, lideradas por jóvenes (que han asumido esta causa) como efecto y consecuencia descentralizadora de lo que hace diez años surgió en un solo lugar: el Parque Panamericano. No es casual tampoco, que después de tantos años de presencia de la Salsa en la radio, hayan aparecido programas radiales con otro concepto diferente al que ha predominado en las emisoras locales. Somos los únicos que hemos dado la pelea por un parque para escuchar la música que nos gusta. Una pelea, por lo demás extraña en un país lleno de tantos conflictos, de tantos matices a bordo, de tantas bombas de tiempo.
Ni los rockeros, ni los metaleros, ni los aficionados al bambuco, ni los melómanos de la música clásica, todos con el mismo derecho, se han convertido en fuerza movilizadora en el ámbito de la música para luchar por el espacio público, cada vez más reducido a menos, acorrolados como estamos por el medio ambiente, por los temores colectivos y por las privatizaciones al orden del día.
A pesar de todo, hemos podido conquistar un lugar físico y simbólico en la ciudad para reivindicar un gusto, y una sensibilidad estético-musical como alternativa frente a la cultura hegemónica establecida por la radio comercial, la farándula de moda y el show busines. La Salsa nació en el barrio y como muchos de nosotros también se crió en la calle, por también nos gusta tanto, porque desde su origen barrial y callejero estuvo vinculada al espacio público de la cultura popular, a la que pertenece, como lo reafirma cada audición en el Parque de la Música y en otros barrios populares de la ciudad. 

Esta invitación es para que continuemos esa lucha sin tregua.

A diferencia de otras causas, la nuestra no es una causa pérdida, es una causa realista, propositiva y viable. Si la música es nuestro vínculo más importante, la lucha por su afirmación como expresión sifnificativa en la ciudad, es una lucha legítima y posible. Atrapados entre las modas de los medios masivos y las imposiciones del mercado, la nuestra es una actitud decidida por sacudirnos de la mediocridad nacional que caracteriza hoy a nuestro país y a nuestra Cali. Tenemos el derecho a defendernos de la basura musical que a diario producen las casas disqueras y reproducen las emisoras y la televisión; a confrontar la falsa erudición en que se apoyan los medios y la industria. Contra la tiranía del mal gusto establecido por la radio local, levantamos la bandera de querer escuchar, disfrutando, la música que nos gusta, teniendo como parámetros la calidad fundada en la riqueza polirítmica, en las descargas y las improvisaciones, en los solos instrumentales, en los pregones repentinos, en los arreglos desafiantes que integran la melodía, la armonía y el ritmo, en la audición de la música y su baile, que dejaron huella en nuestro cuerpo y en el cuerpo de la ciudad. Queremos reivindicar ese canto al goce y la alegría de vivir por encima de todas las vicisitudes y contra todas las crisis. Esas son las marcas que hicieron de la buena Salsa, de la verdadera Salsa, una música revolucionaria para el mundo. Esos son sus ingredientes fundamentales, los que le dieron el sabor y la sazón que la han hecho universal. La que no posea estos ingredientes no es Salsa y no merece llamarse así. La calidad musical, en este como en otros casos existe objetivamente, independientemente de nuestros deseos y ella es también la que queremos reivindicar a través de esta Proclama.

 La música popular de América Latina ha sido nuestro mayor aporte a la cultura universal del Siglo XX. Lo mejor de los géneros afro-latino-ameri-caribeños, y afro-latino-ameri-caribe-brasileños, con sus ritmos y sus bailes, por su difusión masiva, por su apropiación por otras culturas musicales del mundo, son los que mejor nos han representado externamente. No han sido ni la pintura, ni la escultura, a pesar de los buenos pintores y los buenos escultores que hayan existido. No ha sido la poesía ni la literatura a pesar de los grandes escritores y los magníficos poetas que hayan producido. No ha sido el cine a pesar de los esfuerzos y las buenas intenciones, como no lo ha sido tampoco la música erudita a pesar del empeño de los eruditos.

En su origen como en su desarrollo la Salsa ha sido plural y diferente. Desde el son, su matriz originaria hasta el danzón, la conga o la guaracha, el guaguancó y la rumba, el mambo, la pachanga, y el chachachá, la bomba y la plena, la guaracha puertorriqueña, el merengue dominicano o el afro caribeño, nativas de esas islas mulatas, sandungueras, que han puesto al mundo a bailar propiciando el encuentro de los cuerpos. Sus artes han sido más provechosas para la humanidad y han sido más útiles que aquellos que inventaron la bomba atómica, la lluvia ácida o los aviones invisibles, porque han contribuido a la felicidad de los seres humanos, erigiendo con la música y su baile una muralla contra todos los terrores. 

Por eso necesitamos con urgencia de la buena Salsa de ayer, de hoy y de siempre. Es imprescindible volver al bajo anticipado del son, a la nota que falta de la síncopa, precisamos poner en primer plano, en primerísimo plano, los cinco golpes de la clave, en el tumbao del ritmo. Necesitamos del habla de los bongoes, del parloteo de las congas y la descarga de timbales. Que el diálogo de todos los tambores no se detenga ni sea reemplazado por sintetizadores sin corazón. Requerimos de su embrujo y su misterio, para conocer los secretos del tiempo. Contra los impostores de la salsita de ikopor levantamos el pregón de los soneros, la improvisación repentina y contagiosa que se traducen en baile y movimiento. Que vuelvan a surgir la calle y las esquinas, que el barrio vuelva a ser protagonista de una historia que no acaba. Que la lluvia ácida del fin del milenio sea reemplazada por la Lluvia de tu cielo, por tormentas de música y huracanes de ritmo, porque la vida sin buena música no es vida.

Hoy nos hablan de fuerza ciudadana en Cali, a través de una campaña publicitaria costosísima para recuperar el consenso y la legitimidad perdidas, de un poder erosionado por la incredulidad y el desencanto. Nos dicen desde arriba que nuestra fuerza se hará sentir, y lo que más sentimos es una profunda desazón. A la hora de la verdad: ¿De qué color es tu mentira? Pero la única fuerza ciudadana que conocemos es la de los usuarios del Upac, dispuestos a no dejarse sacar su vivienda por la voracidad del capital financiero.

La presente es una invitación a convertirnos en una verdadera fuerza ciudadana que reclama su derecho al goce y al espacio público para la recreación colectiva, fraternal y pacífica. Y no es que hayamos renunciado a la política porque la lucha por la cultura y por lo público es también una lucha política. Pero la nuestra debe ser una causa manejada con autonomía, con independencia de los poderes en ejercicio y por ello no puede estar al servicio de campañas políticas, ni de oportunistas de oficio. Esta no es una convocatoria contra el folclor del Pacífico como se ha querido malinterpretar por algunos depredadores de turno. Ni es para hacerle el juego a la confrontación del currulao contra la Salsa, como lo ha hecho el maestro Francisco Zumaque en nuestra ciudad. En una época de fusiones e hibridaciones como en la que vivimos, la probable fusión de la Salsa con la música del Pacífico constituye una alternativa viable y creativa para darle a Cali en el Siglo XXI la posibilidad de gestar un género propio, inédito en la historia de la música del mundo, como ya lo hicieron en el Siglo XIX, Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago de Cuba, La Habana o Nueva Orleáns.

El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez es buen principio y así lo ha evidenciado. Muchas de las mejores innovaciones del folclor tradicional, la han hecho algunos músicos nativos del Pacífico en este proceso de agrupaciones locales integradas por buenos músicos profesionales, cuya experiencia fundamental proviene del toque y la interpretación de la Salsa en orquestas caleñas donde se formaron. Ahora es necesario cualificar y transformar esa experiencia. Pero para ello es necesario no sólo el talento de los artistas, el estudio y la investigación, sino la creación de unas condiciones propicias para desarrollar los procesos musicales en la ciudad. Y ello es responsabilidad de los artistas y de la administración pública ( a través de la Dirección de Cultura) cuya gestión debe representar los intereses colectivos, de diferentes sectores sociales, sin limitarse a defender sólo la versión oficial de la cultura, ni la cultura oficial de las élites, como siempre se ha hecho. Será necesario, como parte del debate, definir unas políticas culturales para la producción y el consumo de bienes simbólicos, de modo que haya una distribución equitativa de las condiciones favorables y necesarias para el desarrollo de todas las manifestaciones estéticas que representen las diferencias y las identidades en nuestra ciudad. Tal vez esta llegue a ser una propuesta válida para nuestro tiempo y una alternativa útil contra la violencia. 

Vivimos los tiempos del miedo, del desencanto y la desesperanza. Hay ya tan poco en que creer…
Pero tenemos que exorcizar los miedos y que mejor que hacerlo con buena música y con mucha Salsa, o con mucha fusión de Salsa y currulao, de currulao en salsa, de currrulao salseado y salsa currusalseada. Dice la leyenda que para calmar al duende hay que ponerle unas guitarras detrás de la puerta de la casa. Necesitamos espantar nuestros espantos.
Canta y olvida tu dolor. Por la música y la buena Salsa que es el motivo de este encuentro, por encima de las divergencias y nuestros egoísmos, los invito a que conformemos una verdadera fuerza ciudadana para que con la discusión crítica y rigurosa sobre nuestra cultura hagamos un ejercicio de ciudadanía y democracia como un compromiso con la historia futura de Cali. La nuestra es una invitación a meterle mano a este desafío, que espero sepan ponderar de la mejor manera.

¡Ahora, ustedes tienen la palabra!.

RESPONDAN!!!!!

Por Alejandro Ulloa
LaConga.Org

 

 

El logo esta protegido por Leyes Internacionales.
Copyright @2002-2005
LaConga.ORG. Derechos Reservados.
Mapa | Escritores | Sobre La Conga | Contáctenos

 

Hit Counter