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SALSA E IDENTIDAD EN CALI
Mis opiniones respecto de
este tema no pretenden ser otra cosa, simples opiniones. Posiblemente del
intercambio argumentativo, de su consistencia y, en general, de lo
razonable de los argumentos, puede surgir una mirada distinta de este
fenómeno que nos permita aproximarnos de manera diferente a su
interpretación que, sin duda, debe articular elementos de carácter
socioeconómico y antropológico. Mis opiniones al respecto si bien podrían
caracterizarse como detractoras de la unanimidad, no tienen otra
intención que propiciar una mirada distinta de este fenómeno, a partir de
la cual es posible ver cómo las relaciones de los caleños con la salsa se
han modificado y que a partir de allí es difícil aceptar como vigentes
algunas manifestaciones que insisten en ver a la ciudad de Cali como la
Capital de la Salsa. Quiero advertir que no soy un especialista en salsa, ni en nada. Tampoco soy sociólogo ni antropólogo, disciplinas que en mi opinión podrían contribuir de manera fuerte en esta discusión. Sólo quiero compartir aquí con ustedes una visión con la esperanza de que por lo menos esto suscite de manera efectiva el debate.
No es extraño que en el contexto nacional, e incluso en algunas manifestaciones internacionales, se refieran a Cali como la capital de la salsa. Pero poco es lo que se ha reflexionado sobre el significado de esta expresión. Bien podríamos afirmar que, por estos días, esta expresión suena como a una expresión caduca. Es Cali en realidad la capital de la salsa? ¿En algún momento lo fue? ¿Sigue siéndolo? Con base en estas preguntas intento generar la controversia que alimente esta discusión. Se me ocurre que el punto de partida debería estar relacionado con las razones sobre las cuales pudo haber sido construida esta expresión. Cali no se ha distinguido por sus contribuciones a este género. Bien diríamos que Cali adopta las tendencias de este sincretismo de géneros musicales que se cocinaban en los sectores urbanos marginales de Nueva York. La explosión de la salsa se da propiamente en los años sesenta. Es en el segundo lustro de esta década cuando la salsa, identificada de esta forma, irrumpe en la ciudad de Cali. Esto se da, teniendo como precedente la fuerte aceptación popular de la música antillana en general. La influencia y aceptación de la Sonora Matancera, de la Orquesta Aragón o de los Matamoros, sólo para citar algunos casos, es evidente.
Estas manifestaciones diversas incluso confunden a la mayoría de los caleños cuando de identificar a la salsa se trata, pues, en general ni siquiera se logra diferenciar un ritmo de otro. Muy probablemente tiene que ver esto con las mismas confusiones que se suscitan alrededor de lo que tipifica y caracteriza propiamente a la salsa. Es importante manifestar que incluso no existe una definición clara al respecto, incluso de parte de quienes producen alrededor de este género.
Seguramente es allí donde pueden ser encontrados los elementos que permitieron que en Cali estos ritmos encontraran una aceptación que podría diferenciarla incluso del contexto de otras regiones o ciudades de Colombia. Y es precisamente alrededor de la danza, de la forma en que bailaban los caleños, como se pudo llegar a construir una forma de identidad para los caleños. Pero sin duda hay que plantearse: qué otros elementos podrían contribuir a que este fenómeno se presentara en la ciudad de esta forma.
Pero Cali no fue un espacio propicio para la creación musical. Muy contadas excepciones, incluso bastante tardías con relación a la explosión de este género, aparecen en la ciudad. Cali sólo tomó el lugar del auditorio; no el del intérprete. En Cali fue importante la danza, no la creación musical. Si la ciudad en algún momento se identificó con la salsa fue por este conducto y, en efecto, en algún momento de la historia el ser caleño en el contexto nacional significaba ser un buen bailador, pero no sólo de salsa. El caleño en general era un buen bailador de cha cha chá, son, danzón, fox, boogaloo, entre otros, pero también de las producciones de los sesenta aglutinadas en lo que se llama salsa. En torno a lo que sucedió con el boogalloo en Cali es posible encontrar un buen insumo para interpretar las preferencias de los caleños alrededor de estos ritmos. Posiblemente si Pete Rodríguez hubiese conocido lo que hicieron las emisoras radiales, y muchos de los discómanos de la época con sus “tornamesas”, hubiera sufrido una profunda indignación. La cadencia, la armonía del boogalloo fue atropellada al aumentar las revoluciones por minuto, sólo buscando un ritmo más acelerado, pero acorde con las preferencias dancísticas de los caleños. En su momento, bien podría considerarse como el principal “aporte” de los caleños a este tipo de género.
No era entonces la manifestación de los rasgos físicos de las personas lo que determinaba, de manera substancial, una conquista. Mas bien, la armonía del cuerpo y los atributos estéticos de la danza eran los que predominaban en este tipo de comunicación. En general, bailar y bailar bien se impuso como una necesidad de comunicación entre los caleños. Bailar hace parte de la educación, repetía mi señora madre con insistencia mientras nos iniciaba en la danza. Pero es importante resaltar también los espacios en los que se realizaba. En los sesenta y los setenta, con menor intensidad en los ochentas, lo que predominó en Cali fueron los grilles. Sitios de rumba para adultos, donde la arquitectura o la decoración internas no era lo fundamental. Sobresalían los más reconocidos, pero nunca fueron espacios muy grandes. La buena música y el buen sonido eran condiciones necesarias y suficientes. Ni hablar de los famosos bailes de cuota en los barrios populares, figura por hoy revitalizada pero con otro nombre: viejotecas de barrio. Los “agüelulos”, orientados a la población más joven, tuvieron fuerte aceptación en lugares específicos y formales, pero también en los barrios populares de manera informal. En uno u otro espacio se caracterizaban puntos de encuentro donde se intercambiaba socialmente pero siempre girando alrededor del baile. El ser buen bailarín daba prestigio y reconocimiento, al punto que permitía, dependiendo de la forma de bailar, establecer caracterizaciones de los bailarines. Una cosa era ser un bailarín estilista, otra manifestarse en la danza de una manera mucho más espontánea, más arrebatada y, si se quiere, más alegre. Estos elementos proporcionaban un ingrediente particular a la rumba en Cali. Si bien la aceptación de otras tendencias siempre estuvo presente, lo que se movía alrededor de este tipo de manifestación, la salsera, era lo que predominaba, al tanto que logró a llenar un vacío de identidad, por lo menos temporalmente, a unas cohortes de caleños.
Los ritmos musicales sirvieron de ingrediente para esta manifestación caleña. El juego que liga el manejo del cuerpo, la estética del cuerpo, el erotismo van de la mano de la espontaneidad que sí caracteriza a los caleños. Buena parte de ello se debe al resultado de ese mestizaje que confluye en un escenario carente de una identidad propia. El calor y la brisa vespertina de la ciudad sirven como ingredientes adicionales para resaltar la identidad de los caleños con el cuerpo. Ello incide para marcar ciertos elementos que tocan desde la forma de vestirse, hasta la forma de caminar. Sí, creo que Piper tenía razón cuando decía en su canción que las caleñas van vestidas de mil colores y mueven sus caderas como los cañaverales. La corporeidad, el ritmo y la armonía caracterizaron a los caleños.
Sobre este particular resulta interesante mencionar el impacto que sobre este fenómeno representó la Fania All Stars. Esta organización modificó de manera importante la forma como se manifestaba este fenómeno en la cuna de su producción. Si bien detrás de todas las agrupaciones ha habido un interés económico particular, la presencia de muchas agrupaciones hacía que las producciones musicales fueran prolíficas. Detrás de ello había un interés particular por posicionarse en los escenarios que permitían la subsistencia. El canto a la cotidianidad urbana, por ejemplo, aparece como un común denominador en los argumentos de las canciones. La ambigüedad entre la tristeza y la alegría; temas que muestran realidades desgarradoras, vivenciales o afectivas, pero que se bailan alrededor de un ritmo armonioso. En el fondo podrían interpretarse como formas de gritar y de aislarse de un medio excluyente.
Inicialmente se intentó penetrar al mercado norteamericano no latino. De alguna manera la presencia de Santana, guitarrista rockero, en los primeros conciertos de la Fania tenía esa intención. África fue su otro objetivo, posiblemente ligado a la forma de penetrar un mercado buscando parte de las raíces musicales de estos ritmos que se aglutinan alrededor de la salsa. Europa también, pero de manera especial, y seguramente menos dificultoso, la penetración hacia los mercados de América Latina. La Fania en sus afanes de comercialización, convirtió la salsa en un producto que, como cualquier otro, entra a hacer parte de un ciclo. La parte declinante de ese ciclo podríamos ubicarla en esos primeros años de los ochenta. Las orquestas de salsa no lograban el éxito de la década anterior. La industria disquera empezó a moverse en la búsqueda de otras alternativas comerciales. La comercialización del Merengue y de lo que se denominó la “pornosalsa” irrumpió con fuerza. Los medios de comunicación de todo tipo, sirvieron como canales efectivos para lograr su posicionamiento.
Pero es claro que este tipo de transformaciones tuvieron alguna incidencia en el contexto caleño. La fuente de abastecimiento para la expresión corporal alrededor de la danza perdió ese ingrediente. Ante la escasa producción musical y la presión de los medios de comunicación para lograr la penetración en los mercados de la salsa y el merengue, se empieza a sufrir un desplazamiento. Este no necesariamente se asocia de manera exclusiva a este tipo de ritmos. De manera paralela, y por la misma vía de los medios de comunicación, se imponen otros ritmos de origen americano y europeo, pero también tiene una gran influencia el rock en español. Ni hablar de la agresiva campaña para imponer el vallenato, “valleharto”, como llaman algunos.Por la fuerza o no, la población caleña perteneciente a otra cohorte: o nacidos en los setenta, adolescentes para en el periodo que se asocia al declinar de la salsa, se tornan mucho más receptivos a otras manifestaciones musicales. Alrededor del merengue y del vallenato, ritmos monótonos, la danza se vuelve menos exigente; los cambios de ritmo desaparecen: “bailar” se hace más fácil, con lo que se ha venido rompiendo el significado que alcanzó para los caleños el hecho de bailar bien. Pero hay otro elemento que no se debe descartar alrededor de las implicaciones que esto trajo. Los espacios de rumba se modificaron radicalmente. La figura del grill desapareció cediendo terreno a las discotecas, donde el espacio y la decoración empezaron a ser mucho más importantes. Esta figura coincide con el período de declive. Y, curiosamente, es en esos años en que con seguridad, Cali experimenta con frecuencia la visita de un buen número de las agrupaciones salseras más destacadas. La presencia de estos grupos colmaban escenarios públicos, pero también las discotecas. Secreto a gritos en Cali es la realización de presentaciones privadas de estas agrupaciones. Bien podríamos decir que con este tipo de eventos se cerró, con broche de oro, la incidencia de este fenómeno para los caleños.
Hoy, por el contrario, la rumba de Cali no logra diferenciarse de lo que acontece en otras partes: el merengue y el vallenato, “valleharto” como llaman algunos, hace que en Cali la rumba no se diferencie de la rumba en Bogotá por ejemplo. Pero no sólo por la incidencia de estos géneros musicales. La rumba caleña es mucho más diversa. Las discotecas a las que asisten especialmente los más jóvenes, la incidencia de las luces reduce aun más las exigencias con la danza. La intermitencia de las luces y los ritmos, hacen ver que todos se mueven al mismo tiempo, es una ilusión. La diversidad no toca espacios específicos; no necesariamente hay lugares especializados. Hasta en las discotecas, otrora más salseras, aparecen ahora formas de programación musical en las que se combina los diferentes ritmos otorgando a cada uno de ellos unos sets con tiempos iguales durante la noche. Figura casi que impensable en las épocas en las que lo importante era bailar. La salsa es un ingrediente marginal en la rumba caleña de hoy; buena parte de los espectáculos de la pasada Feria de Cali hablan por sí mismo sobre este particular. Sólo para citar un ejemplo. Si nos remontamos a los primeros festivales de orquestas programados en la Feria de Cali, a principios de los ochenta, podía apreciarse algunos fenómenos interesantes. En primer lugar el desfile de orquestas se iniciaba desde las horas de la mañana y culminaba en horas de la madrugada del otro día. Las que iniciaban esta forma de maratón eran orquesta locales, de poca proyección, dedicadas, como muchas de las que hoy subsisten, a interpretar refritos. Como manifestación de lo caleño alrededor de la salsa es una buena demostración: nula innovación y calidad musical en general bastante cuestionable. Seguían en su orden las que habían logrado algún peldaño adicional; un mayor reconocimiento sin haber llegado a la edad adulta. Bien podrían caracterizarse como orquestas que interpretaban mejor lo que las verdaderamente adultas ya habían producido, hace ya bastante tiempo. En este mismo grupo aparecían otras que, como novedad, exponían la presentación de intérpretes femeninas. Que en mi modesta opinión, nunca llegaron a alcanzar la madurez. Por último, las adultas; las orquestas nacionales que entraron en los ochenta pisando duro con creaciones realmente buenas que les permitieron un verdadero reconocimiento internacional. En particular el Grupo Niche y Guayacán, lograron esa madurez. Junto a estas las orquestas internacionales copaban la noche hasta las primeras horas de la madrugada del día siguiente. Exceptuando estos grupos nacionales, la producción nacional, en el encuentro de los salseros caleños, los grupos locales eran un relleno, además no tenían ni merecían otro espacio. Lo que se vio en el pasado Festival de Orquestas, y en el Rumbódromo, es una prueba fehaciente de ello. La rumba caleña es similar a la que se presenta en cualquier ciudad del país. No existen rasgos distintivos importantes. No era posible pensar en la presentación de grupos de merengue o vallenatos en el festival de orquestas; lo de ahora es una realidad innegable. Sin duda, el declinar de la salsa, a mediados de los años ochenta, dejó de inyectar a las nuevas generaciones caleñas la fuerza que garantiza que su aceptación perdure. Los ritmos y la letras flojas dejan poco espacio para la estética en la danza. Mientras en los antiguos grilles lo que mandaba la parada era bailar bien, en las discotecas de hoy pesa mucho la capacidad de pago. El Lugar de la Salsa
en la Cali de Hoy La erudición musical, alrededor de estos ritmos, de los propietarios y de sus visitantes se convierte en un factor que sin duda irradia matices de exclusión. La petición de un tema calificado en esos espacios como de baja calidad puede ser interpretada como una herejía. Pareciera haber consensos respecto de lo que es bueno y malo. Las salsotecas también irrumpen con fuerza en la ciudad también a principios de los ochenta, es decir, coinciden con el declinar de la salsa y con las transformaciones que han sufrido tanto los espacios como la rumba caleña. Con ellas parece reclamarse un espacio perdido, con ello se puede interpretar una resistencia a desaparecer. Pero con ello se prefigura un conjunto de espacios marginales y atomizados; no son las salsotecas lo que predomina en Cali. Tampoco los antiguos “rumbiaderos”. Muy ligado a las salsotecas se viene realizando en la ciudad, también de manera reciente, los encuentros de coleccionistas en el Parque de la Música. Es decir en un espacio particular, pero también dirigido a un grupo particular. El que se haga en un espacio abierto y público no significa que tenga una aceptación generalizada. Mas bien este fenómeno podría ser interpretado como la demanda de un espacio en la ciudad. Se reclama con ello un espacio, un lugar, que no existe o ha sido desplazado.
De alguna manera podría plantearse que es una manifestación de un fenómeno en el que se reclama la pérdida de un espacio. De hecho, en las épocas del furor salsero en la ciudad de Cali esto era impensable. La heterogeneidad en la rumba de hoy no era lo que predominaba. Con diferencias de intensidad, la salsa imponía su dominio. No era necesario buscar un espacio para la salsa, este ya existía; se respiraba por casi todos los rincones de Cali, es decir en los barrios populares. La búsqueda y la conquista de ese espacio debe ser interpretada pero en el sentido de una reivindicación de un colectivo que, finalmente, añora un pasado. Que trata de proyectar a la ciudad de hoy ese pasado. Lo digo de manera sencilla: no se intenta revivir lo que no se está muriendo. La salsa como conducto de la rumba, que facilitaba la expresión corpórea de una población con una fuerte influencia negra, dejó de jugar un papel protagónico. La influencia de otros ritmos, de otros géneros musicales, hace que la población caleña sea ahora mucho más receptiva a otras manifestaciones. Los espacios de la rumba en Cali, dada su diversidad, dan cuenta de ello. Otro fenómeno bien interesante en esta dirección corresponde a las viejotecas, que por cierto tienen su origen en Cali. La carencia de espacios de diversión para las personas de la tercera edad señalaron el camino para la Viejoteca del Parque del Avión. La transformación de los espacios de rumba había marginado a un buen número de habitantes. En ese espacio, la edad era importante para poder ingresar: había que demostrar, con documento de identidad en mano, una edad mínima de cuarenta años. Aparecen finalizando el primer lustro de los noventa, es decir era una espacio para personas que habían nacido, por lo menos, en el segundo lustro de los cincuenta, es decir para aquellos que en efecto habían vivido todo el furor de la rumba caleña en su momento. Pero es claro que era un espacio para los “viejos”. Sin embargo, había otras personas que también vivieron esa época, pero esa viejoteca los excluía. Ello dio origen al surgimiento de otras viejotecas, fenómeno sobre el cual coinciden otros elementos del entorno. La demanda potencial por espacios de esas características era elevada. Por lo menos tres elementos pueden haber jugado jugar a favor de este fenómeno. En primer lugar existía las preferencias de una cohorte excluida, por las transformaciones de los espacios de rumba. En segundo lugar, la inflación experimentada en las discotecas sobre lo cual, sin duda, jugó un papel importante la incidencia del narcotráfico en la ciudad. Junto a este podríamos señalar que precisamente para estos años coincide el inicio de la más profunda recesión económica experimentada tanto en la ciudad como en el país, pero también una mayor intensidad en la persecución a los narcotraficantes. El menor ingreso de la ciudad, la existencia de una demanda por este tipo de servicios permitió la creación de estos espacios en los que se revivía la rumba del pasado a precios relativamente mucho más bajos. También alrededor de las viejotecas se ha intentado y logrado recuperar los espacios perdidos aunque de manera parcial. No en vano las viejotecas retoman el nombre de los antiguos grilles; la estética del lugar poco cuenta porque es una forma de reencuentro con la danza. Sólo cuenta para aquellas discotecas que, ante las presiones de la recesión, tuvieron que ceder terreno en esta dirección y empezaron a adaptarse a las nuevas condiciones. Por lo menos se observa que algunas de ellas dedican un día a la semana, generalmente el día domingo, para “transformarse” en viejotecas. Quienes asisten a estos sitios lograron vivir lo que en un momento significó la salsa para la ciudad. También asisten jóvenes, fenómeno que por demás resulta sorprendente si tenemos en cuenta que de manera efectiva, los más jóvenes de hoy son más receptivos a ritmos menos exigentes con la danza y con la pareja en la pista; pero estos últimos son la mayoría. Bien podríamos decir que este fenómeno hace parte de la diversidad que experimenta Cali alrededor de estos espacios lúdicos. Es decir, que no es lo que predomina, lo que de alguna manera refuerza el argumento de la transformación que redujo este fenómeno a unas proporciones distintas, en todo caso mucho más reducidas.
Las salsotecas, los encuentros en el Parque de la Música - que para ser consistentes debería llamarse el Parque de la Salsa, pues no sólo salsa es música - las viejotecas podemos verlas como un grito que reclama un espacio perdido. Seguramente en esta manifestación social podemos encontrar razones por las cuales podemos afirmar que Cali ya no es la capital de la Salsa.
Jaime H.
Escobar M.
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