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SALSA E IDENTIDAD EN CALI

 

Nieves por Consuelo LagoIntroducción
Se me ha invitado a participar en esta mesa redonda para intercambiar opiniones sobre un tema inevitable cuando de hablar de Cali se trata: la salsa. La Salsa al Debate es el nombre con el que se identifica la convocatoria a esta mesa redonda promovida por el Departamento de Estética de la Facultad de Artes Integradas de la Universidad del Valle. Sin duda no puede haber discusión con no hay opiniones encontradas; o siendo más categóricos, no puede haber discusión cuando se discute alrededor de algo que se considera como una verdad.

Mis opiniones respecto de este tema no pretenden ser otra cosa, simples opiniones. Posiblemente del intercambio argumentativo, de su consistencia y, en general, de lo razonable de los argumentos, puede surgir una mirada distinta de este fenómeno que nos permita aproximarnos de manera diferente a su interpretación que, sin duda, debe articular elementos de carácter socioeconómico y antropológico. Mis opiniones al respecto si bien podrían caracterizarse como detractoras de la unanimidad, no tienen otra intención que propiciar una mirada distinta de este fenómeno, a partir de la cual es posible ver cómo las relaciones de los caleños con la salsa se han modificado y que a partir de allí es difícil aceptar como vigentes algunas manifestaciones que insisten en ver a la ciudad de Cali como la Capital de la Salsa. 
 

Quiero advertir que no soy un especialista en salsa, ni en nada. Tampoco soy sociólogo ni antropólogo, disciplinas que en mi opinión podrían contribuir de manera fuerte en esta discusión. Sólo quiero compartir aquí con ustedes una visión con la esperanza de que por lo menos esto suscite de manera efectiva el debate.

La Salsa y los Caleños
Una pregunta obligada entonces consiste en identificar qué se puede debatir respecto de este tema. Sin duda hay que partir de un referente. Intento construirlo, en aras del debate, a partir de los vínculos que pueden unir a esta ciudad con este género musical. Me refiero específicamente a esa forma de identificar a Cali con la salsa, o viceversa.

No es extraño que en el contexto nacional, e incluso en algunas manifestaciones internacionales, se refieran a Cali como la capital de la salsa. Pero poco es lo que se ha reflexionado sobre el significado de esta expresión. Bien podríamos afirmar que, por estos días, esta expresión suena como a una expresión caduca. Es Cali en realidad la capital de la salsa? ¿En algún momento lo fue? ¿Sigue siéndolo?

Con base en estas preguntas intento generar la controversia que alimente esta discusión. Se me ocurre que el punto de partida debería estar relacionado con las razones sobre las cuales pudo haber sido construida esta expresión.

Cali no se ha distinguido por sus contribuciones a este género. Bien diríamos que Cali adopta las tendencias de este sincretismo de géneros musicales que se cocinaban en los sectores urbanos marginales de Nueva York. La explosión de la salsa se da propiamente en los años sesenta. Es en el segundo lustro de esta década cuando la salsa, identificada de esta forma, irrumpe en la ciudad de Cali. Esto se da, teniendo como precedente la fuerte aceptación popular de la música antillana en general. La influencia y aceptación de la Sonora Matancera, de la Orquesta Aragón o de los Matamoros, sólo para citar algunos casos, es evidente.

La década de los sesenta fue floreciente alrededor de otros ritmos, también producto de esos sincretismos musicales. Las charangas, las pachangas y el “boogalloo” pareciera que llegaron al máximo de su expresión. Las influencias de la cultura musical norteamericana, especialmente del jazz y del blues, encuentran en estos ritmos la mejor expresión de ese sincretismo. Estos ritmos también tuvieron una fuerte aceptación en la ciudad de Cali. De igual forma, las orquestas que hoy día identificamos como salseras lograron una amplia aceptación.

Estas manifestaciones diversas incluso confunden a la mayoría de los caleños cuando de identificar a la salsa se trata, pues, en general ni siquiera se logra diferenciar un ritmo de otro. Muy probablemente tiene que ver esto con las mismas confusiones que se suscitan alrededor de lo que tipifica y caracteriza propiamente a la salsa. Es importante manifestar que incluso no existe una definición clara al respecto, incluso de parte de quienes producen alrededor de este género.

Bien podría entonces uno preguntarse cómo, si no hay una definición clara al respecto, podemos entonces tipificar a una ciudad como la capital de la salsa. Una ausencia en esta definición bien podría llevarnos a que estamos identificando a la ciudad alrededor de algo que incluso ni siquiera existe como tal: ¿Capital de qué?

Pero independientemente de ello sí, es posible advertir en la gran mayoría de estas manifestaciones algo que las caracteriza y que permite agruparlas en un sólo conjunto. Alrededor de estos ritmos musicales se encuentra algo que los acompaña siempre. En primer lugar la estética musical. En segundo lugar, la relación de estos ritmos con la danza y con la estética del cuerpo. La armonía entre la danza y el ritmo van de la mano constituyéndose en el canal que permite comunicar el intérprete con su auditorio. Es al compás de la música que los cuerpos se trenzan, generando un código de comunicación entre quienes danzan. La música y el ritmo son cómplices en esta comunicación lúdica; el contacto de los cuerpos le da sentido a ese código y, muchas veces, a la argumentación del tema.

Seguramente es allí donde pueden ser encontrados los elementos que permitieron que en Cali estos ritmos encontraran una aceptación que podría diferenciarla incluso del contexto de otras regiones o ciudades de Colombia. Y es precisamente alrededor de la danza, de la forma en que bailaban los caleños, como se pudo llegar a construir una forma de identidad para los caleños. Pero sin duda hay que plantearse: qué otros elementos podrían contribuir a que este fenómeno se presentara en la ciudad de esta forma.

Para ello puede resultar importante ubicar el contexto de la ciudad en esta época. Es claro que Cali es una en los sesenta y otra después de los años setenta. Pero en uno y otro período se evidencia que la ciudad crece a partir de un fuerte influjo de inmigrantes, haciendo que el mestizaje y la influencia de la etnia negra sea algo que la diferencia de los fenómenos de inmigración que se dieron en otras ciudades del país. Cali es una ciudad mestiza con un alto componente negro. La relación del negro con el cuerpo; el erotismo en la danza es algo que no amerita discusión alguna. Muy probablemente en este tipo de asociación podrían ser encontradas las razones por las cuales este tipo de ritmos tuvieron una fuerte aceptación en la ciudad, las cuales también encuentran unas fuertes coincidencias con los aspectos propiamente argumentales expuestos en muchos de estos temas. Además, no es posible separar dentro del mismo corazón de estos ritmos y de las diferentes influencias musicales el componente de la etnia negra. En estas manifestaciones musicales sincréticas la influencia negra es ineludible. Desde los mismos orígenes, en la música campesina cubana o puertorriqueña, en el jazz y el blues norteamericanos, hasta en las manifestaciones más recientes la influencia negra está presente.

Pero Cali no fue un espacio propicio para la creación musical. Muy contadas excepciones, incluso bastante tardías con relación a la explosión de este género, aparecen en la ciudad. Cali sólo tomó el lugar del auditorio; no el del intérprete. En Cali fue importante la danza, no la creación musical. Si la ciudad en algún momento se identificó con la salsa fue por este conducto y, en efecto, en algún momento de la historia el ser caleño en el contexto nacional significaba ser un buen bailador, pero no sólo de salsa. El caleño en general era un buen bailador de cha cha chá, son, danzón, fox, boogaloo, entre otros, pero también de las producciones de los sesenta aglutinadas en lo que se llama salsa.

En torno a lo que sucedió con el boogalloo en Cali es posible encontrar un buen insumo para interpretar las preferencias de los caleños alrededor de estos ritmos. Posiblemente si Pete Rodríguez hubiese conocido lo que hicieron las emisoras radiales, y muchos de los discómanos de la época con sus “tornamesas”, hubiera sufrido una profunda indignación. La cadencia, la armonía del boogalloo fue atropellada al aumentar las revoluciones por minuto, sólo buscando un ritmo más acelerado, pero acorde con las preferencias dancísticas de los caleños. En su momento, bien podría considerarse como el principal “aporte” de los caleños a este tipo de género.

Cali, Salsa y Rumba
La conjunción estética del ritmo y la danza con lo negro y lo mestizo, imprimieron entonces unas características particulares a Cali y a sus habitantes. El fruto de esta conjunción se resumía en la rumba, entendiendo esto como sitios de encuentro que tipificaban diferentes espacios de sociabilización. En dichos espacios bailar, y bailar bien, era lo básico. El baile incluso llegó a representar un sustituto de la comunicación oral. La danza conformaba unos códigos particulares; con la danza se enamoraba, e incluso a través de ella se podía definir una rivalidad respecto de un objeto de deseo. Era común encontrar, en los famosos “agüelulos” de los setenta, los famosos “zapateos”, en los que un hombre desafiaba a otro para que se lograra identificar quién era el mejor y quién podría entonces llevarse las mejores mieles, pensando en las mejores y más hermosas bailarinas.

No era entonces la manifestación de los rasgos físicos de las personas lo que determinaba, de manera substancial, una conquista. Mas bien, la armonía del cuerpo y los atributos estéticos de la danza eran los que predominaban en este tipo de comunicación. En general, bailar y bailar bien se impuso como una necesidad de comunicación entre los caleños. Bailar hace parte de la educación, repetía mi señora madre con insistencia mientras nos iniciaba en la danza.

Pero es importante resaltar también los espacios en los que se realizaba. En los sesenta y los setenta, con menor intensidad en los ochentas, lo que predominó en Cali fueron los grilles. Sitios de rumba para adultos, donde la arquitectura o la decoración internas no era lo fundamental. Sobresalían los más reconocidos, pero nunca fueron espacios muy grandes. La buena música y el buen sonido eran condiciones necesarias y suficientes. Ni hablar de los famosos bailes de cuota en los barrios populares, figura por hoy revitalizada pero con otro nombre: viejotecas de barrio. Los “agüelulos”, orientados a la población más joven, tuvieron fuerte aceptación en lugares específicos y formales, pero también en los barrios populares de manera informal.

En uno u otro espacio se caracterizaban puntos de encuentro donde se intercambiaba socialmente pero siempre girando alrededor del baile. El ser buen bailarín daba prestigio y reconocimiento, al punto que permitía, dependiendo de la forma de bailar, establecer caracterizaciones de los bailarines. Una cosa era ser un bailarín estilista, otra manifestarse en la danza de una manera mucho más espontánea, más arrebatada y, si se quiere, más alegre.

Estos elementos proporcionaban un ingrediente particular a la rumba en Cali. Si bien la aceptación de otras tendencias siempre estuvo presente, lo que se movía alrededor de este tipo de manifestación, la salsera, era lo que predominaba, al tanto que logró a llenar un vacío de identidad, por lo menos temporalmente, a unas cohortes de caleños.

Es posible que alrededor de la producción de la Escuela de Ballet de Cali, a través de la puesta en escena de su obra Barrio - Ballet, se puedan incorporar de manera sintética todos estos elementos. La posibilidad de fusionar los elementos estéticos de la danza clásica con la danza popular, la de la barriada caleña, sólo se da a partir de la existencia básica de unos elementos que permiten ligar a la danza, al manejo y la estética del cuerpo muy particular. Estos encontraban en la ciudad un común denominador. Camino al Barrio, la obra de Willie Colón alrededor de la cual gira musicalmente Barrio Ballet, pareciera ser otro de esos elementos que podrían corroborar las hipótesis que manejo en mi argumento. Al igual que en el contexto de la ciudad, se baila un ritmo traído de afuera pero en el ambiente popular de la barriada, reproduciendo en esta obra el sentir de los caleños respecto de la danza.

Los ritmos musicales sirvieron de ingrediente para esta manifestación caleña. El juego que liga el manejo del cuerpo, la estética del cuerpo, el erotismo van de la mano de la espontaneidad que sí caracteriza a los caleños. Buena parte de ello se debe al resultado de ese mestizaje que confluye en un escenario carente de una identidad propia. El calor y la brisa vespertina de la ciudad sirven como ingredientes adicionales para resaltar la identidad de los caleños con el cuerpo. Ello incide para marcar ciertos elementos que tocan desde la forma de vestirse, hasta la forma de caminar. Sí, creo que Piper tenía razón cuando decía en su canción que las caleñas van vestidas de mil colores y mueven sus caderas como los cañaverales. La corporeidad, el ritmo y la armonía caracterizaron a los caleños.

Y, ¿ ahora qué?
Pero qué pasa cuando aparece un profundo declinar de este tipo de ritmos. Qué sucede cuando la monotonía empieza a caracterizar la salsa. En efecto la salsa desde el primer lustro de los años ochenta empieza a mostrar un profundo agotamiento. Se pierde en calidad musical, al tiempo que la parte argumentativa, con letras flojas, empieza a mostrar síntomas de pobreza. Por la misma época las orquestas de primer orden dejaron de alimentar los oídos del auditorio caleño.

Sobre este particular resulta interesante mencionar el impacto que sobre este fenómeno representó la Fania All Stars. Esta organización modificó de manera importante la forma como se manifestaba este fenómeno en la cuna de su producción. Si bien detrás de todas las agrupaciones ha habido un interés económico particular, la presencia de muchas agrupaciones hacía que las producciones musicales fueran prolíficas. Detrás de ello había un interés particular por posicionarse en los escenarios que permitían la subsistencia. El canto a la cotidianidad urbana, por ejemplo, aparece como un común denominador en los argumentos de las canciones. La ambigüedad entre la tristeza y la alegría; temas que muestran realidades desgarradoras, vivenciales o afectivas, pero que se bailan alrededor de un ritmo armonioso. En el fondo podrían interpretarse como formas de gritar y de aislarse de un medio excluyente.

Los integrantes de la Fania hacían parte de esta forma de expresión. Pero a ella no pertenecían miembros de todos los grupos que bien merecían un puesto en el lugar de “todas las estrellas”. Sin perder la calidad musical ni argumentativa, la Fania logra agrupar un número de buenos representantes de este fenómeno musical, pero sus objetivos son mucho más ambiciosos desde el punto de vista económico: lograr penetrar otros mercados potenciales. Las salsa se convierte entonces en una mercancía; detrás de este ejercicio las barreras de entrada al negocio de la música se tornan impenetrables. Muchas de esas orquestas que sucumbieron al poder de mercado de la Fania quedaron atrás, olvidadas; son las mismas que de alguna manera llegaron a realizar trabajos que hoy día son “piezas de oro” para muchos coleccionistas.

Inicialmente se intentó penetrar al mercado norteamericano no latino. De alguna manera la presencia de Santana, guitarrista rockero, en los primeros conciertos de la Fania tenía esa intención. África fue su otro objetivo, posiblemente ligado a la forma de penetrar un mercado buscando parte de las raíces musicales de estos ritmos que se aglutinan alrededor de la salsa. Europa también, pero de manera especial, y seguramente menos dificultoso, la penetración hacia los mercados de América Latina.

La Fania en sus afanes de comercialización, convirtió la salsa en un producto que, como cualquier otro, entra a hacer parte de un ciclo. La parte declinante de ese ciclo podríamos ubicarla en esos primeros años de los ochenta. Las orquestas de salsa no lograban el éxito de la década anterior. La industria disquera empezó a moverse en la búsqueda de otras alternativas comerciales. La comercialización del Merengue y de lo que se denominó la “pornosalsa” irrumpió con fuerza. Los medios de comunicación de todo tipo, sirvieron como canales efectivos para lograr su posicionamiento.

Muy poco, en términos relativos, es lo que estos grupos llegaron a producir en la segunda mitad de los años ochenta y en la década de los noventa. El fenómeno del merengue y de la “pornosalsa” de manera efectiva logró un desplazamiento de este género en el medio latinoamericano y de las comunidades latinas en los Estados unidos. De hecho, muchos de los exponentes más representativos de la salsa, muchos de ellos pertenecientes a la Fania, pareciera que hubiesen “tirado la toalla” para dedicase al jazz latino; entre otras cosas algo nada novedoso si tenemos en cuenta los ascendentes de esta manifestación desde algo más de cuatro décadas atrás.

Pero es claro que este tipo de transformaciones tuvieron alguna incidencia en el contexto caleño. La fuente de abastecimiento para la expresión corporal alrededor de la danza perdió ese ingrediente. Ante la escasa producción musical y la presión de los medios de comunicación para lograr la penetración en los mercados de la salsa y el merengue, se empieza a sufrir un desplazamiento. Este no necesariamente se asocia de manera exclusiva a este tipo de ritmos. De manera paralela, y por la misma vía de los medios de comunicación, se imponen otros ritmos de origen americano y europeo, pero también tiene una gran influencia el rock en español. Ni hablar de la agresiva campaña para imponer el vallenato, “valleharto”, como llaman algunos.Por la fuerza o no, la población caleña perteneciente a otra cohorte: o nacidos en los setenta, adolescentes para en el periodo que se asocia al declinar de la salsa, se tornan mucho más receptivos a otras manifestaciones musicales. Alrededor del merengue y del vallenato, ritmos monótonos, la danza se vuelve menos exigente; los cambios de ritmo desaparecen: “bailar” se hace más fácil, con lo que se ha venido rompiendo el significado que alcanzó para los caleños el hecho de bailar bien.

Pero hay otro elemento que no se debe descartar alrededor de las implicaciones que esto trajo. Los espacios de rumba se modificaron radicalmente. La figura del grill desapareció cediendo terreno a las discotecas, donde el espacio y la decoración empezaron a ser mucho más importantes. Esta figura coincide con el período de declive. Y, curiosamente, es en esos años en que con seguridad, Cali experimenta con frecuencia la visita de un buen número de las agrupaciones salseras más destacadas. La presencia de estos grupos colmaban escenarios públicos, pero también las discotecas. Secreto a gritos en Cali es la realización de presentaciones privadas de estas agrupaciones. Bien podríamos decir que con este tipo de eventos se cerró, con broche de oro, la incidencia de este fenómeno para los caleños.

La reciente Feria de Cali corroboró una vez más que la salsa ya no funciona como un elemento que permita la construcción de un patrón de identidad para los caleños. La figura de la capital de la salsa suena más al recuerdo. Fue en otro tiempo en el que la incidencia de este fenómeno musical logró fijar parámetros que diferenciaban a Cali de otras ciudades.

Hoy, por el contrario, la rumba de Cali no logra diferenciarse de lo que acontece en otras partes: el merengue y el vallenato, “valleharto” como llaman algunos, hace que en Cali la rumba no se diferencie de la rumba en Bogotá por ejemplo. Pero no sólo por la incidencia de estos géneros musicales. La rumba caleña es mucho más diversa. Las discotecas a las que asisten especialmente los más jóvenes, la incidencia de las luces reduce aun más las exigencias con la danza. La intermitencia de las luces y los ritmos, hacen ver que todos se mueven al mismo tiempo, es una ilusión. La diversidad no toca espacios específicos; no necesariamente hay lugares especializados. Hasta en las discotecas, otrora más salseras, aparecen ahora formas de programación musical en las que se combina los diferentes ritmos otorgando a cada uno de ellos unos sets con tiempos iguales durante la noche. Figura casi que impensable en las épocas en las que lo importante era bailar.

La salsa es un ingrediente marginal en la rumba caleña de hoy; buena parte de los espectáculos de la pasada Feria de Cali hablan por sí mismo sobre este particular.

Sólo para citar un ejemplo. Si nos remontamos a los primeros festivales de orquestas programados en la Feria de Cali, a principios de los ochenta, podía apreciarse algunos fenómenos interesantes. En primer lugar el desfile de orquestas se iniciaba desde las horas de la mañana y culminaba en horas de la madrugada del otro día. Las que iniciaban esta forma de maratón eran orquesta locales, de poca proyección, dedicadas, como muchas de las que hoy subsisten, a interpretar refritos. Como manifestación de lo caleño alrededor de la salsa es una buena demostración: nula innovación y calidad musical en general bastante cuestionable.

Seguían en su orden las que habían logrado algún peldaño adicional; un mayor reconocimiento sin haber llegado a la edad adulta. Bien podrían caracterizarse como orquestas que interpretaban mejor lo que las verdaderamente adultas ya habían producido, hace ya bastante tiempo. En este mismo grupo aparecían otras que, como novedad, exponían la presentación de intérpretes femeninas. Que en mi modesta opinión, nunca llegaron a alcanzar la madurez.

Por último, las adultas; las orquestas nacionales que entraron en los ochenta pisando duro con creaciones realmente buenas que les permitieron un verdadero reconocimiento internacional. En particular el Grupo Niche y Guayacán, lograron esa madurez. Junto a estas las orquestas internacionales copaban la noche hasta las primeras horas de la madrugada del día siguiente. Exceptuando estos grupos nacionales, la producción nacional, en el encuentro de los salseros caleños, los grupos locales eran un relleno, además no tenían ni merecían otro espacio.

Lo que se vio en el pasado Festival de Orquestas, y en el Rumbódromo, es una prueba fehaciente de ello. La rumba caleña es similar a la que se presenta en cualquier ciudad del país. No existen rasgos distintivos importantes. No era posible pensar en la presentación de grupos de merengue o vallenatos en el festival de orquestas; lo de ahora es una realidad innegable.

Sin duda, el declinar de la salsa, a mediados de los años ochenta, dejó de inyectar a las nuevas generaciones caleñas la fuerza que garantiza que su aceptación perdure. Los ritmos y la letras flojas dejan poco espacio para la estética en la danza. Mientras en los antiguos grilles lo que mandaba la parada era bailar bien, en las discotecas de hoy pesa mucho la capacidad de pago.

El Lugar de la Salsa en la Cali de Hoy
Hoy, la salsa en Cali es un fenómeno de ghetto. Quedó arrinconada en espacios como las salsotecas, que bien podríamos caracterizar como sitios de evocación y de añoranza de un pasado que se fue. La salsoteca no es ni un grill ni una discoteca. Es un espacio para escuchar “guateque”, palabra con la que se identifica a la salsa clásica y que no tiene nada que ver con las fiestas campesinas cubanas. En estos espacios se escuchan piezas de colección; el ritmo y la calidad musical son importantes. El prestigio de las salsotecas se mueve en función de la colección que se expone: generalmente se escuchan temas interpretados por agrupaciones desconocidas; la gran mayoría excluidas de los canales comerciales.

La erudición musical, alrededor de estos ritmos, de los propietarios y de sus visitantes se convierte en un factor que sin duda irradia matices de exclusión. La petición de un tema calificado en esos espacios como de baja calidad puede ser interpretada como una herejía. Pareciera haber consensos respecto de lo que es bueno y malo.

Las salsotecas también irrumpen con fuerza en la ciudad también a principios de los ochenta, es decir, coinciden con el declinar de la salsa y con las transformaciones que han sufrido tanto los espacios como la rumba caleña. Con ellas parece reclamarse un espacio perdido, con ello se puede interpretar una resistencia a desaparecer. Pero con ello se prefigura un conjunto de espacios marginales y atomizados; no son las salsotecas lo que predomina en Cali. Tampoco los antiguos “rumbiaderos”.

Muy ligado a las salsotecas se viene realizando en la ciudad, también de manera reciente, los encuentros de coleccionistas en el Parque de la Música. Es decir en un espacio particular, pero también dirigido a un grupo particular. El que se haga en un espacio abierto y público no significa que tenga una aceptación generalizada. Mas bien este fenómeno podría ser interpretado como la demanda de un espacio en la ciudad. Se reclama con ello un espacio, un lugar, que no existe o ha sido desplazado.

Es claro que en el Parque de la Música se reproduce en escala lo que acontece en las salsotecas. Así por ejemplo, en los encuentros de coleccionistas realizados durante la Feria de Cali, la programación musical está coordinada con base en la participación de las salsotecas. Dicha programación no sólo va acompañada del nombre del sitio, sino que es importante el nombre del coleccionista propietario de la salsoteca. En otras palabras, el factor de exclusión vuelve y se hace presente. Este fenómeno puede ser visto también en otro tipo de encuentros, unos más difundidos que otros, que se realizan en algunos barrios de Cali, o los encuentros caseros entre amigos coleccionistas de salsa.

De alguna manera podría plantearse que es una manifestación de un fenómeno en el que se reclama la pérdida de un espacio. De hecho, en las épocas del furor salsero en la ciudad de Cali esto era impensable. La heterogeneidad en la rumba de hoy no era lo que predominaba. Con diferencias de intensidad, la salsa imponía su dominio. No era necesario buscar un espacio para la salsa, este ya existía; se respiraba por casi todos los rincones de Cali, es decir en los barrios populares.

La búsqueda y la conquista de ese espacio debe ser interpretada pero en el sentido de una reivindicación de un colectivo que, finalmente, añora un pasado. Que trata de proyectar a la ciudad de hoy ese pasado. Lo digo de manera sencilla: no se intenta revivir lo que no se está muriendo. La salsa como conducto de la rumba, que facilitaba la expresión corpórea de una población con una fuerte influencia negra, dejó de jugar un papel protagónico. La influencia de otros ritmos, de otros géneros musicales, hace que la población caleña sea ahora mucho más receptiva a otras manifestaciones. Los espacios de la rumba en Cali, dada su diversidad, dan cuenta de ello.

Otro fenómeno bien interesante en esta dirección corresponde a las viejotecas, que por cierto tienen su origen en Cali. La carencia de espacios de diversión para las personas de la tercera edad señalaron el camino para la Viejoteca del Parque del Avión. La transformación de los espacios de rumba había marginado a un buen número de habitantes.

En ese espacio, la edad era importante para poder ingresar: había que demostrar, con documento de identidad en mano, una edad mínima de cuarenta años. Aparecen finalizando el primer lustro de los noventa, es decir era una espacio para personas que habían nacido, por lo menos, en el segundo lustro de los cincuenta, es decir para aquellos que en efecto habían vivido todo el furor de la rumba caleña en su momento.

Pero es claro que era un espacio para los “viejos”. Sin embargo, había otras personas que también vivieron esa época, pero esa viejoteca los excluía. Ello dio origen al surgimiento de otras viejotecas, fenómeno sobre el cual coinciden otros elementos del entorno. La demanda potencial por espacios de esas características era elevada. Por lo menos tres elementos pueden haber jugado jugar a favor de este fenómeno.

En primer lugar existía las preferencias de una cohorte excluida, por las transformaciones de los espacios de rumba. En segundo lugar, la inflación experimentada en las discotecas sobre lo cual, sin duda, jugó un papel importante la incidencia del narcotráfico en la ciudad. Junto a este podríamos señalar que precisamente para estos años coincide el inicio de la más profunda recesión económica experimentada tanto en la ciudad como en el país, pero también una mayor intensidad en la persecución a los narcotraficantes.

El menor ingreso de la ciudad, la existencia de una demanda por este tipo de servicios permitió la creación de estos espacios en los que se revivía la rumba del pasado a precios relativamente mucho más bajos. También alrededor de las viejotecas se ha intentado y logrado recuperar los espacios perdidos aunque de manera parcial. No en vano las viejotecas retoman el nombre de los antiguos grilles; la estética del lugar poco cuenta porque es una forma de reencuentro con la danza. Sólo cuenta para aquellas discotecas que, ante las presiones de la recesión, tuvieron que ceder terreno en esta dirección y empezaron a adaptarse a las nuevas condiciones. Por lo menos se observa que algunas de ellas dedican un día a la semana, generalmente el día domingo, para “transformarse” en viejotecas.

Quienes asisten a estos sitios lograron vivir lo que en un momento significó la salsa para la ciudad. También asisten jóvenes, fenómeno que por demás resulta sorprendente si tenemos en cuenta que de manera efectiva, los más jóvenes de hoy son más receptivos a ritmos menos exigentes con la danza y con la pareja en la pista; pero estos últimos son la mayoría. Bien podríamos decir que este fenómeno hace parte de la diversidad que experimenta Cali alrededor de estos espacios lúdicos. Es decir, que no es lo que predomina, lo que de alguna manera refuerza el argumento de la transformación que redujo este fenómeno a unas proporciones distintas, en todo caso mucho más reducidas.

En medio de la diversidad que se experimenta difícilmente podemos hablar de Cali como la capital de la salsa. Si esto alguna vez representó algo para la ciudad fue porque alrededor de este ritmo se potenciaban las posibilidades de acercamiento colectivo a través de la danza. La salsa ya no genera ese tipo de impulsos para los caleños. Ahora, la población joven es más receptiva a otro tipo de géneros musicales, ello hace que la rumba, como espacio de sociabilización, no se diferencie substancialmente de lo que acontece en otras regiones o ciudades del país.

Las salsotecas, los encuentros en el Parque de la Música - que para ser consistentes debería llamarse el Parque de la Salsa, pues no sólo salsa es música - las viejotecas podemos verlas como un grito que reclama un espacio perdido. Seguramente en esta manifestación social podemos encontrar razones por las cuales podemos afirmar que Cali ya no es la capital de la Salsa.


Articulo enviado por

Jaime H. Escobar M.
Centro Cultural de Cali.

 

 

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